viernes, 8 de enero de 2010

Consolad, consolad a mi pueblo (Domingo del Bautismo del Señor)



1. “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios” (Is 40,1). Me gusta que los domingos del año empiecen con este mandato divino. Porque se agolpan muchos motivos de desconsuelo en nuestro ámbito personal, familiar y comunitario. Igual que el comején carcome el corazón de la madera o el insomnio que no nos deja dormir plácidamente. “Hablad al corazón de Jerusalén” (v.2), buscadle la vuelta a cada uno, así como se enamora a una mujer, para que le llegue personalmente. Deja que Él mismo te lleve al desierto donde pueda hablarte al corazón (Os 2,16). Porque ¿no es arena lo que pisamos, no es en bancos movedizos de arena donde se hunden nuestros pies? Los salmos de hoy (28 y 103) anuncian la voz que llega en la tempestad, mientras en Lluc cae la lluvia intermitentemente, “las nubes sirven de carroza” y ocultan las cumbres que nos circundan como un abrazo que infunde seguridad. Silban los vientos “que te sirven de mensajeros”, han pronosticado para hoy una caída de unos 10º de la temperatura y desde temprano nos visita el aguanieve. Sí, tal vez sea higiénico que los vientos barran nuestras hojas muertas. Abríganos Tú, con tu manto de nieve purificador. “Tú que andas sobre la nieve”, como reza Leopoldo Panero... “Ahora que alzo mi corazón, y lo alzo / vuelto hacia Ti mi amor, / y lo alzo / como arrancando todas mis raíces... / Ahora que siento mi memoria como un espejo roto... / Ahora que se me pone en pie, / sin oírlo, / el corazón”.

“Dice una voz: Grita. Respondo: ¿Qué debo gritar?” La experiencia de caducidad de la vida en nuestro propio calendario. “Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor”. Hace falta renovar tu fe en que “la palabra de nuestro Dios se cumple siempre”. “Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión, alza fuerte la voz, álzala, no temas, di: Aquí está vuestro Dios... como un pastor que apacienta el rebaño”. Creemos porque tenemos necesidad de un poco de consuelo.

2. Dice la carta apostólica: “Porque se ha manifestado el amor misericordioso (la gracia) de Dios que salva a todos los hombres... También nosotros éramos antes necios, desobedientes, extraviados, esclavos de pasiones y placeres diversos, maliciosos, envidiosos, odiosos y odiándonos mutuamente. Pero cuando se manifestó la bondad de nuestro Dios y Salvador y su amor al hombre, no por méritos que hubiéramos adquirido, sino por su sola misericordia, nos salvó con el baño del nuevo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo… de modo que fuéramos en esperanza herederos de la vida eterna” (Tito 2-3). ¿Quién puede negar este lado necio y odioso de cada uno de nosotros, que habiendo ya empezado un año nuevo, no se deja renovar? ¿Puede haber mejor contrato que el firmado, no sobre lo que nosotros aportamos, sino sobre la benevolencia de la parte principal? ¿Dudaremos en llamarlo bondad, ternura, cariño paterno-materno, gracia y misericordia? ¿Somos conscientes de que es un don ya recibido por el bautismo, que nos ha hecho criaturas nuevas, nos ha regalado “la Consolación del Espíritu” y nos ha salvado en esperanza?

3. Hoy es la fiesta (permanente) del bautismo de Jesús y, en cierta manera también, del nuestro. “En un bautismo general (hermano entre los que estaban en expectación, pastor herido entre los que exponían sus llagas al sol), Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma (seguro que no se equivocó la paloma, ¿será la paloma del nuevo comienzo después que se ha corrompido toda carne?, ¿serán las palomas del Cantar cuando llega el tiempo de los amores?), y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3, 21-22). Una teofanía elocuente hasta para el desconsuelo de que hablábamos al principio.

“El Evangelio de Lucas (que corresponde a nuestro ciclo litúrgico) puede ser leído en clave de consuelo. Basta con transcribir alegría por consuelo. Así nos encontramos con el consuelo de los pastores ante la Noticia del Nacimiento de Jesús; el consuelo de la mujer por la dracma perdida y encontrada; el consuelo del que va por el campo y encuentra un tesoro; el consuelo del Hijo perdido y reencontrado entre las manos de Dios Padre-Madre (las manos del cuadro de Rembrandt); el consuelo de la viuda de Naím…; el consuelo en forma de bálsamo de aceite el Samaritano al herido en el camino; el consuelo de la oveja perdida y encontrada; el Benedictus, como canto de la consolación de Israel; el Magnificat, como canto de consolación de la Iglesia… No resulta difícil encontrar en todo ello el perfil de la nueva comunidad, heredera del Antiguo Israel y abierta a todos los pueblos de la tierra, portando el mensaje de la Consolación hecha acontecimiento en Jesús de Nazaret” (J. L. Achótegui).

Que también “nosotros podamos consolar a los que pasan cualquier tribulación con el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1,4).

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