sábado, 12 de enero de 2013

CREO EN DIOS PADRE (1)




(Me han invitado a celebrar tres eucaristías de fin de año con motivo del Año de la Fe y haciendo las homilías sobre los tres primeros artículos del Credo)

Lc 2,41-52  “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” Estoy precisamente donde está mi puesto, con el Padre, en su  casa.

“Él no está en el templo por rebelión a sus padres, sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que lo llevará a la cruz y a la resurrección… “Ellos no comprendieron lo que quería decir”, y “su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2,50-51)… Las palabras de Jesús son siempre más grandes que nuestra razón… María no se presenta sólo como la gran creyente, sino como la imagen de la Iglesia, que acoge la palabra en su corazón y la transmite” (J. Ratzinger, InfJesús, 129-130).

En este Año de la Fe hagamos como María y meditemos en la relación que tiene Jesús y que tenemos nosotros con el PADRE.
Jesús, como todos los niños judíos, aprendió a recitar por la mañana y por la tarde, cubriéndose los ojos con la mano derecha para concentrarse mejor, el Shemá Israel:


“ESCUCHA ISRAEL, ADONAI, NUESTRO DIOS, ADONAI ES ÚNICO.
(SHEMÁ ISRAEL,  ADONAI ELOÉINU,  ADONAI  EJAD)

(En voz baja) Bendito sea Su glorioso nombre hasta la eternidad.
(Baruj Shem Kevod Maljutó Leolam Vaed).
AMA A TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, CON TODO TU SER,

Y CON TODAS TUS FUERZAS.
LAS LEYES QUE TE PRESCRIBO HOY LAS GRABARÁS EN TU CORAZÓN.

LAS EXPLICARÁS A TUS HIJOS, MEDITARÁS EN ELLAS EN TODA OCASIÓN,                                                                             AL AMANECER Y AL ANOCHECER.
ÁTALAS POR SIGNO SOBRE TUS BRAZOS. PONLAS POR SEÑALES SOBRE                                                                                     TU FRENTE.
Y LAS ESCRIBIRÁS EN LAS ENTRADAS DE TU CASA Y DE TUS CIUDADES”.

En la sinagoga aprendió a leer sobre la Biblia, a entender lo que era la fe estudiando la historia de Abraham y Sara, como Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto y le había dado la Ley para hacer alianza con él, como era un Dios único, creador del cielo y de la tierra, a alabarlo con la plegaria de los salmos, a esperar la llegada del Mesías
Pero en el seno de su familia (la Sagrada Familia de Nazaret), con María y José, Jesús tuvo una experiencia particular de Dios: Aprendió a llamarlo Padre. Y no sólo Adonai (Señor), o Yavé (El que viene a salvar, palabra que no pronunció nunca por respeto), ni Yavé Sebaot (Señor de los Ejércitos), ni sólo Padre de la patria, sino “mi Padre”, o mejor dicho: “mi Abbá”, que significa “mi papá querido”. En su familia Jesús entró en ese “Misterio de ternura”, que es la persona del Padre. En castellano “Papi” puede resultarnos un poco cursi; en mallorquín suena con gran respeto y ternura “munparet”.  
Fue una experiencia muy personal de Jesús, a partir de su bautismo, cuando escuchó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo querido” (Mc 1,11). Experiencia que transmitía en su acción liberadora cuando curaba enfermos o sacaba malos espíritus: “Sed compasivos como es compasivo vuestro Padre” (Lc 6,36). “Vayan a aprender lo que significa: misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,13). “Jesús los miró indignado, aunque entristecido y les peguntó: ¿Qué está permitido en sábado? ¿Qué es lo que creen que le gusta al Padre que hagamos en su día: Salvar una vida o dar muerte?” (Mc 3,4). O cuando les decía que “habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc 15,7). Cuando les contaba la parábola del hijo pródigo, que debería llamarse “la parábola del padre pródigo en misericordia”, y les revelaba cómo es el corazón del Padre y como le estaba íntimamente unido: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).   O cuando preguntaba en otra parábola: “¿O es que te molesta que yo sea bueno?” (Mt 20,15).
Un trato íntimo y especial que cultivaba en la oración que hacía a solas, cuando se retiraba por las noches o en las madrugadas (1,35). O cuando oraba en público; “Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se la diste a conocer a la gente sencilla” (Lc 10,21).
Una confianza y una fidelidad que no perdió ni siquiera en los momentos más duros: En Getsemaní, “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa, este mal trago, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). “Ahora mi espíritu está agitado, y ¿qué voy a decir? ¿Que mi Padre mi libre de este trance? No; Padre, da gloria a tu Nombre” (Jn 12, 27-28). En el Gólgota, gritó con voz potente: “Eloí eloí lema sabacktani: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y tampoco lo entendieron, pensaron que llamaba a Elías (Mc 15,33). En el último minuto cuando se dicen las palabras decisivas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). “Jesús gritó con voz fuerte: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
Un gozo que quiso compartir con sus discípulos, en su pascua de resurrección: A María Magdalena: ”Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, a vuestro Padre, a mi Dios, que es vuestro Dios” (Jn 17).  “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones y yo voy a prepararles un lugar” (Jn 14,2).
---/ En este Año de la Fe, preguntémonos sinceramente
¿Es éste el Dios en quien creemos?
¿Tenemos experiencia espiritual de un Dios que nos conoce por nuestro nombre y nos dice siempre: Tú eres mi hijo/a amado… tú me agradas… En ti he puesto mis complacencias?
¿Hemos sabido transmitir a nuestros hijos y nietos la imagen de un Dios Padre y Madre, siempre acogedor y perdonador?
¿Les hemos comunicado que en la casa de Dios y en nuestra casa siempre tendrán una puerta abierta? ¿Qué hacemos para que comprendan que la fe en Dios y la unidad familiar son el regalo más grande que les podemos dejar en herencia?
Renovemos la primera formulación de nuestro Credo: CREO EN DIOS PADRE con el Slm 70 A ti, Señor, me acojo / nunca quede defraudado. / Tú eres mi esperanza, Señor mío, / y mi confianza, Señor, desde mi juventud. / No me rechaces ahora en la vejez, / no me abandones, cuando decaen mis fuerzas. / Me instruiste, Dios mío, desde mi juventud / Ahora, en la vejez y en las canas, / no me abandones, Dios mío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario