jueves, 9 de junio de 2011

EVANGELIO JOVEN: Pentecostés, el Viento del Espíritu (Hechos 2,1-11)

Acabamos el tiempo de Pascua

Quisiera coronar estos 50 días litúrgicos con un poema de Amado Nervo:

Jesús no vino del mundo de «los cielos».
Vino del propio fondo de las almas;
de donde anida el yo: de las regiones
internas del Espíritu.
¿Por qué buscarle encima de las nubes?
Las nubes no son el trono de los dioses.
¿Por qué buscarle en los candentes astros?
Llamas son como el sol que nos alumbra, / orbes, de gases inflamados… Llamas
nomás. ¿Por qué buscarle en los planetas? / Globos son como el nuestro, iluminados
por una estrella en cuyo torno giran. / Jesús vino de donde
vienen los pensamientos más profundos / y el más remoto instinto.
No descendió: emergió del océano / sin fin del subconsciente;
volvió a él, y ahí está, sereno y puro. / Era y es un eón. El que se adentra
osado en el abismo / sin playas de sí mismo, / con la luz del amor, ese le encuentra”.

No significa que Jesús sea una mera creación del subconsciente, un fruto de nuestras fantasías. Pero podemos llamarlo en verdad “Deseo de los collados eternos” porque él encarna el Reino que todas las generaciones buscaban a tientas. Jesús no se fue, lo encuentran quienes lo buscan en lo más profundo de nuestra interioridad (un abismo llama a Otro Abismo, rezaba san Agustín de Hipona). Quienes lo reconocen Exaltado por el Padre y lo glorifican. Nos regaló su Espíritu para que no nos sintiéramos huérfanos, y este es el Misterio que celebramos en Pentecostés.

El misterio del Viento y del Fuego

Voy a copiar un fragmento del comentario de X. Pikaza a la lectura de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11 de este domingo:

“Según ese relato, en el comienzo está el Espíritu de Dios, que alienta como viento huracanado y arde como lenguas de llama de fuego, que se posan sobre los discípulos, varones y mujeres (unos ciento veinte, dice el texto anterior Hch 1, 15), haciéndoles capaces de hablar en muchas lenguas, las lenguas de todos los pueblos reunidos en la “babel” de aquel momento.

El relato es conocido, no hace falta comentarlo por extenso, pero hay unos motivos que conviene recordar, conforme a la liturgia de este día, empezando por el tema intrigante y fecundo de la Plaza de todos los Pueblos, un lugar donde vinieron a juntarse gentes de muchas naciones y nacionalidades, de pueblos y autonomías, pero de manera que todos se entendieron.

La Iglesia es una plaza abierta al viento y al fuego de Dios: Ésta es la primera Plaza de la Iglesia, que Plaza del Sol, que alumbra a todos, como había dicho el Cristo, Plaza de todas las Lenguas, que son riqueza de vida, para dialogar y comprenderse. Juntarse en la plaza, recibir el fuego, levantar la mano, par comprometerse todos con la vida. Aquí esta Pentecostés, con sus varios motivos:

b) Segundo es el motivo de fuerte huracán y del fuego que debe sacudirnos por dentro, Espíritu del Cristo, mensajero del Reino de Dios, asesinado por sacerdotes y gobernadores, Espíritu que arranca y que descuaja, que enciende y transforma, convirtiéndose en palabra (lenguas de fuego). Cristo entra así en el babel de confusión y enfrentamiento, de manera que todos pueden entenderse.

c) Tercer motivo es la palabra que vincula. Hablan los galileos de Jesús, sorprendidos y recreados por su Espíritu. Hablan como saben, con el amor que Jesús les ha dejado, con el fuego de pasión que han recibido. Hablan de Dios y sus grandezas, de las maravillas de una vida que puede convertirse en comunión… y cada uno de los hombres y mujeres que han llegado a las fiestas confusas de la vieja Jerusalén (la gran Babel) les comprende en su propia lengua.

d) Así nace la Iglesia, una comunión de amor donde se juntan y comprenden gentes de lenguas diferentes: partos, medos, elamitas… A nadie se le fuerza, a nadie se le impone una lengua o cultura diferente. Cada uno escucha y atiende en su lengua, y todos en la Dios (el Dios de Jesús) que habla en muchas lenguas, para que todos se entiendan, cada uno en la suya, y aprendan todos a dialogar.

Éste es un tema de fondo de este domingo del Espíritu Santo, con la gente entusiasmada de la Plaza del Viento y del Fuego de Dios en Jerusalén, un lugar abierto a todas las dificultades y esperanzas de las gentes”.

María Pentecostés

El obispo del Mato Grosso Pere Casaldàliga tiene un famoso poema con este título. Los tiempos del Espíritu son la Edad de Oro de la Iglesia que buscamos: Pobre y libre, fogosa, fuerte por el testimonio, por el gozo de compartir y los milagros. Cuando todos vivimos (ya, pero todavía no) la plena Resurrección. Repitámoslo en nuestra oración hasta que nos lo aprendamos de memoria.

“María Pentecostés, / cuando la Iglesia aún era
pobre y libre / como el Viento del Espíritu.

María Pentecostés, / cuando el fuego del Espíritu / era la ley de la Iglesia.

María Pentecostés, / cuando los Doce exhibían / el poder del testimonio.

María Pentecostés, / cuando era toda la Iglesia / boca del Resucitado”

Ilustraciones tomadas de la red: El manga ha creado un arte juvenil que expresa los vientos huracanados con la cabellera desgreñada y los poderes con los grandes cuernos...

miércoles, 1 de junio de 2011

EVANGELIO JOVEN: Ascensión de Jesús al cielo (Efesios 1,17-23; Mateo 28,16-20).


(Diálogo en forma de plegaria con Jesús que regresa al Padre, con las palabras de un poema de Manuel Alonso Alcalde)

“A contraluz subías; lentamente

ibas subiendo a contraluz; subías

milímetro a milímetro como una

mazorca de maíz, doradamente,

y Tu corporeidad, al remontarse,

resbalaba su sombra por los rostros

de los que habían ido a despedirte.”

Nosotros, con las caras ensombrecidas de quienes te despedimos hoy, al celebrar la fiesta de tu gloriosa ascensión a la gloria. Nos dejas un poco perplejos, Señor Jesús. ¿Por qué te vas ahora cuando más te necesitamos? ¿Cómo podremos continuar tu obra, si nuestra fe es tan débil y los vientos tan contrarios?

“Eran las ocho en punto de la tarde,

justo empezando a anochecer.”

Repetimos lo que te dijeron los compañeros de Emaús: “Quédate junto a nosotros que la tarde está cayendo”. La Iglesia ha envejecido mucho. Se han perdido los obreros, los intelectuales, muchos jóvenes y ahora también muchas mujeres disgustadas, que eran sostén de las comunidades. Escasean las vocaciones comprometidas. Pocos los cristianos y las cristianas creíbles que anuncien tu evangelio. El pesimismo nos deja tocados.

“Subías

despacio, retrasando los adioses

últimos; ascendías gota a gota

lo mismo que la savia por las vides,

porque era triste abandonarlos ahora,

precisamente ahora, en que empezaban

a apagarse las luces de las fábricas

y a oler a humo triste en los suburbios.”

Estamos defraudados de los políticos. No le vemos salida a esta crisis económica, que es mundial. Aumenta el número de los indignados. Y tu Iglesia, tu Cuerpo en la tierra, parece que ya no apuesta tan fuertemente por los pobres. Los pobres a quienes declaraste los preferidos de tu Reino. Las bienaventuranzas, que eran tu programa.

“Tú hacia lo alto, colgado por los hombros

de la barquilla de Tu globo de oro,

y ellos, allí, en el suelo, los que habían

compartido contigo su tartera.

Eran los mismos, los de siempre. Y tristes:

jornaleros, mineros, pescadores,

peones, emigrantes —los de siempre—,

viendo tu remontar irremediable.”

También los campesinos de las lomas, los residentes en los barrios y arrabales, montón de mujeres doblemente pobres por mujeres y por pobres… Ah, y la gente de color y los indígenas…

“Los de siempre, los Tuyos, contemplando

Tus alpargatas, Tu mahón gastado

de carpintero.”

Contemplando Tus chancletas y Tu cachucha, Tus botas y Tu overol.

“Que te ibas, y ellos

se quedaban allí sin comprenderlo,

con miedo, como niños, de la vida.”

¿Por qué nos dejas, Señor? ¿Acaso piensas que ya nos hicimos bastante mayores para llevar tu Causa? ¿No ves que nos faltan más pastores como Óscar Romero? ¿No te das cuentas que son pocos los sacerdotes jóvenes? ¿No aprecias que faltan relevos para los puestos de misión en las fronteras? ¿Qué haremos con unas comunidades más carismáticas que evangelizadoras, más conservadoras que comprometidas?

“Y dicen: ¡vuelve!, y sigues; y repiten:

¡vuelve!, y, como una piedra en un estanque,

la tarde, en ondas, por Tu frente abierta,

se cierra sin respuesta para siempre.”

Ilumina los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llamas, cuál la riqueza de gloria que reservas en herencia para tus fieles, y cuál la extraordinaria grandeza de tu poder para nosotros. Auméntanos la fe en la eficacia de la fuerza poderosa, que te resucitó de entre los muertos. Comunícanos el Espíritu que sea nuestro Abogado Defensor, el Maestro que nos explique tus palabras, el Viento que sacuda nuestras perplejidades. Te repetimos: ¡Vuelve, Señor Jesús, que te esperamos!

miércoles, 25 de mayo de 2011

EVANGELIO JOVEN: El regalo de un buen Abogado Defensor (VIº Pascua Jn 14,15-21)

Estoy preparando estos días a un muchacho para la primera comunión. Supongo ya habrán visto el enlace de la carta de González Faus, quejándose amargamente de la desnaturalización de esta fiesta infantil: “Cuando os reunís para las primeras comuniones, eso ya no es celebrar la Cena del Señor... ¿Es que no tenéis otros días del año para todas esas fatuidades? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen?”

Gracias a Dios, yo no suelo tener celebraciones con boato. Pero confieso que me preocupa cómo podemos comunicar a los preadolescentes lo que significa ese Regalo del Espíritu, Compañero de camino y Defensor para toda la vida. El significado de la consoladora promesa de Jesús: “No los dejo huérfanos”, ni ahora ni cuando crezcan, ni cuando falten estos lindos padres que son el árbol de sombra acogedora en el patio familiar. Cómo podemos dar a entender que eso de la fe es una cuestión de amor: “Quien cumple mis mandamientos, ése me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo lo amaré y me manifestaré a él”. De qué manera podremos lograr que esta catequesis y la celebración del sacramento les ayude a entrar en el círculo de amor de la comunidad cristiana.

Se me ocurre dirigirme a ellos con las palabras de Víctor M. Arbeloa, el mismo poeta navarro que nos acompañaba el domingo pasado:

“Primera comunión”

“¿Qué celebramos hoy? ¿Un cumpleaños?...

Vuestro día de haceros ya mayores, / de venir con nosotros a la fiesta del domingo,

a oír lo que dice el evangelio; / a cantar a Jesús, amigo que no falla,

que por todos nosotros / nació, sufrió, vivió, murió y vive ahora para siempre;

y a estar un ratico con él, de sobremesa.

Cuando andaba Jesús por este mundo, / le gustaba rodearse de chavales…

Aquellos chicos de entonces / lo vieron andar y sudar por caminos de polvo;

lo seguían, con sus padres y amigos, cuando hablaba a la gente

en las barcas del lago o sentado en el ribazo.

Decía unas cosas muy duras a los ricos,

a todo el que se hacía / el grande, el chulo, el mandamás.

Curaba a todos los enfermos que podía, / estaba con los pobres y los viejos

y decía a menudo / que Dios nos tiene preparada, si queremos,

una mesa así de grande, donde no falta nada,

una casa de todos, muy bonita, con flores y con agua,

y una vida más alegre y divertida / en el mundo de aquí y en el de allí,

después de muertos…

A veces se ponía a repartirles / pan y peces asados a la orilla del río,

pues quería que todos pudieran escucharlo / tranquilos y contentos,

y decía que la tierra es de todos, y las cosas

las puso Dios para todos los hombres y los pueblos,

como el sol y la lluvia que nos traen las nubes.

Y, ya sabéis, la noche antes / de que fueran a matarlo,

cuando estaba cenando con un grupo de amigos,

les dio un trozo de pan y una copa de vino

y les dijo: Comed y bebed / que esto es mi cuerpo, que será destrozado,

y mi sangre, que será derramada, / por vosotros y por todos,

para enseñaros / a vivir y a morir por Dios y por los hombres,

sin miedo a nadie ni a nada de este mundo.

Cuando os juntéis después de que me maten,

haced esto, acordándoos de mí, / y seremos amigos para siempre.


Pues esto es lo que hacemos ahora mismo.

Comulgamos: es decir, nos juntamos. Comemos de este pan,

que es Jesús, / que es de todos.

Comulgamos: es decir, oímos y cantamos y rezamos

y comemos / con todos los demás.

Hacemos fiesta juntos. / Hacemos corro juntos y saltamos

a la cuerda de la fe y de la esperanza.

Porque juntos vivimos en Mañeru, o en Pamplona, o donde sea.

Porque juntos sufrimos y gozamos.

y juntos andamos y juntos tropezamos.

Y juntos / hemos de arreglar, por mucho que nos cueste,

el pueblo y todo el mundo, / antes de morirnos un día, / casi juntos.

Además…, / también nosotros hacemos con vosotros / la primera comunión.

Hacemos todos siempre / la primera, / la única comunión.

Cada vez la comenzamos, / y luego la dejamos, a veces la rompemos,

y de nuevo volvemos a intentarla…, / proclamando nuestra fe,

con el deseo / de seguir viviendo en comunión / con el Dios de Jesús de Nazaret,

y los hombres que son nuestros hermanos”.

(V.M.Arbeloa, Cantos de Fiesta y de Lucha)

miércoles, 18 de mayo de 2011

EVANGELIO JOVEN: El Camino y la Piedra (Domingo Vº de Pascua: 1 Pedro 2,4-9; Juan 14,1-12)

Bueno, ya llevamos cinco semanas desde la Pascua y, después de mi rápido viaje a República Dominicana, debo enfrentarme a los problemas -casi insolubles- de cada día. Se acercan las elecciones (el próximo domingo en España) y la verdad es que no sabemos adónde vamos, ¿cómo podemos conocer el camino? Jesús partió a prepararnos un lugar y dejó la tarea en nuestras manos. Nos sentimos inquietos.

1. Todos somos piedras vivas del templo y sacerdotes

Cuántos hay que han rechazado la Piedra viva, que es Cristo. Leemos en la Escritura: “Yo coloco una piedra angular, elegida, preciosa: quien se apoya en ella no fracasa”. Debería ser preciosa para nosotros, los creyentes. Sobre esta piedra angular deberíamos edificar toda nuestra vida y también la Iglesia, nuevo pueblo de Dios.

“Es probable que el creyente de hoy, que ya no está acostumbrado al lenguaje simbólico de la Biblia, no se tome muy en serio esta maravillosa descripción de la vida cristiana que hace la 1ª Pedro, ni que alcance a comprender la fuerza revolucionaria evangélica que lleva dentro… ¿Qué significa, pues, que todos y cada uno de los cristianos formemos un “sacerdocio santo”? En primer lugar, significa “ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo”. Con ello se refiere a la vida misma del cristiano, hombre o mujer, se encuentre donde se encuentre y cualquiera que sea su profesión, ofrecida a Dios como don de amor y portadora de la memoria de Jesús, tal y como nos la presentan los evangelios: su obediencia filial al Padre, su amor incondicional que no conoció barreras, su opción por los pobres, débiles y marginados, su lucha por la igualdad y la justicia hasta derramar su sangre en la cruz por todos nosotros. En esto consistió el sacerdocio de Cristo, y en esto consiste el sacerdocio del cristiano recibido en el bautismo. En segundo lugar…, la predicación y la proclamación del Evangelio no está reservada para unos cuantos expertos, como los obispos y presbíteros. Todo cristiano tiene el derecho y la obligación de anunciar a Jesús, el Salvador, con sus palabras y con el testimonio de su vida.” (Pueden leer el comentario más extenso de La Biblia de nuestro Pueblo a la carta de Pedro).

¿Seguimos el camino de Cristo, Verdad y Vida nuestra? ¿No nos avergonzamos de escoger su palabra como orientación de nuestra actuación?

2. ¿Creemos en la resurrección?

Mi amigo Javier me regaló recientemente el primer volumen de la Obra Poética de Víctor Manuel Arbeloa, uno de los poetas preferidos de mi juventud. Pienso aprovechar algunos de sus poemas pascuales para nuestro Evangelio Joven, con la fe de que sigan desarrollando su poder para despertarnos un poco.

"Pero en fin, ya sé / lo que muchos estáis pensando: / ninguno de nosotros / hemos visto a Jesús, / el Señor resucitado. / Ni tocamos sus manos, /ni metimos la mano en sus heridas. / Ni jamás se ha aparecido en nuestra casa / cuando vemos la película en la tele, / o jugamos a las cartas / o estamos almorzando huevos con tomate.

Todos podríamos llamamos el Mellizo,

o Tomás, porque todos

somos unos buenos incrédulos.

Todos, todos decimos muchas veces:

«Si no veo, no creo».

Nadie ha visto, es verdad,

a Jesús en esta vida,

ni vivimos, como Pedro o Santiago,

unos años con él.

Pocos, seguramente, creemos ya en milagros.

Y, sin embargo, / después de tantos años, / de tanta misa de domingo, / de tantos desaciertos en la iglesia, / de tanto cura parlanchín, / estamos a estas horas reunidos / en torno a Jesús resucitado.

Sabemos de su vida y su martirio. / Creímos su palabra y su promesa. / Lo sentimos vivísimo / en la flor de la esperanza, que todos la llevamos en el pecho, / se vea o no se vea, / en el duro pero humano esfuerzo de los días, / en el pulso caliente del amor, / en la lucha devorante por el mundo del mañana.

Lo sentimos vivísimo, al partir / el pan de la amistad y el compromiso, / al caer de la tarde; / cuando escuchamos / -o nosotros mismos proclamamos sin miedo- / la palabra de la paz y de la dicha; / cuando vamos por ahí, / llevados por el cierzo de Jesús, / haciendo los pequeños / signos prodigiosos de nuestro siglo xx: / dando vista a los ciegos, / animando a los cojos, / resucitando muertos / que olían a carroña inhumana o a gusanos de muerte…

Las gentes que no creen / en Jesús de Nazaret, / en su amor extraordinario al Padre y a los hombres, / amor de hijo de Dios y hermano incomparable, / creerán, en todo caso, cuando un día nos vean / vivir resucitados, / sufrir resucitados, / morir resucitados, / esperando al mismo tiempo / la total y colectiva, / definitiva / resurrección”.

(Segundo Domingo de Pascua de Cantos de Fiesta y de Lucha)

jueves, 12 de mayo de 2011

EVANGELIO JOVEN: La puerta abierta (Domingo IV de Pascua 1Pe 2,20-25; Jn 10,1-10)



Mi sobrina María, que trabaja en una agencia de viajes, tiene el hobby de fotografiar toda clase de puertas. Puertas viejas, de colores vivos, puertas árabes o ibicencas, con trinitarias floridas o con el certificado de haber peregrinado a la Meca... Le gustan las puertas hasta el punto que le gustaría presentar una exposición de sus fotos dedicadas al tema. A veces me pregunto porqué le atraerán tanto. Será porque invitan a entrar en una cultura celosa de la intimidad. Son un espacio de libertad para entrar y salir. Puertas abiertas al desierto, al horizonte ilimitado, a un mundo inexplorado...

Lo relaciono también con una de las impresiones traídas de mi reciente viaje a Santo Domingo. Las casas, antes abiertas de par en par, enrejadas a causa de los frecuentes asaltos. La Casa de Espiritualidad de la Islita ahora cerrada con un gran portón, como un jardín de vegetación exuberante en medio de la basura y del asfalto. En su recinto he vivido momentos de intimidad, pero también el sobresalto de perseguir a un ladrón que saltó la tapia y la trinchera de alambre espinado. Puertas que brindan seguridad, pero que necesitan de un portero que responda presto a las llamadas, so pena de convertirse en una fortaleza aislada de los pobres y de su sufrimiento.


Detrás de la puerta seguimos buscando a un amigo que nos escuche, no por salario. No nos faltan jefes ni maestros, sino com-pañeros que compartan su pan y su cerveza con nosotros. Que estén a nuestro lado en los momentos dulces y cuando nos tragamos un cajón de sal. Alguien marcado por nuestras mismas enfermedades, pero que nos ayuda a cargar nuestra cruz. Como decía H. Nouwen, un pastor, también herido, que pueda curar nuestras heridas.

Ya les dije que en todo este tiempo me acompañaron los versos de M. Hernández: “Llegó con tres heridas”. En estos días de Pascua, reconozco este amigo en el pastorcico herido de los poemas amorosos de San Juan de la Cruz, cantado esta vez por Paco Ibáñez:

“Un pastorcico solo está penado
ageno de plazer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por averle amor llagado
que no le pena verse así affligido
aunque en el coraçón está herido
mas llora por pensar que está olbidado.

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado
sobre un árbol do abrió sus braços vellos
y muerto se a quedado asido dellos
el pecho del amor muy lastimado”.

El costado del pastor herido de amor, abierto como una puerta que nos invita a pasar a la otra orilla, a otra forma de vivir.

Fotos de Maria Perelló

miércoles, 4 de mayo de 2011

Con los de Emaús en Santo Domingo (Domingo III de Pascua)



Va dedicado muy especialmente a los amigos/as que encontré en mi breve visita a Dominicana y que me hacen revivir mi Camino de Emaús: A toda la familia de Tinto y Otilia con sus tres generaciones; a la familia Durán, que no lo busquen debajo de la losa; a los Espinales, con sus flores y espinas (especialmente a Yayo y Fede, con sus muchachas); a Jaime Vinicio y a Raysa (con su bebé ya en camino); a Andrés y Lourdes; a la familia de Vale y Mery: los que nos reunimos apretadamente en torno a la mesa gurabera y a los que estaban en Barcelona; a la familia de Javier y Miguelina, ocupados en preparar las bodas de Penélope; a las hermanas Aya y Chela; a Jaime Abreu, que sigue subiendo a las alturas; a la familia de Papo Peña, con Jeremy, mi corresponsal; a las dominicas que pude saludar; a Yvette Ramírez, que sigue mis escritos; a Emilio y a Edwin, con quienes he sesionado preparando el Capítulo y a los JLmsscc a quienes dedico mis comentarios; a Ana E., que conocí por celular; a Joebeth y la antigua PJ de Fátima; a los amigos/as de Jacagua (los viejos, nuevos y nuevitos); a los que llamé o me llamaron o no encontramos tiempo de vernos.

“Permítanme que les hable con franqueza”: Me parece que muchos andamos de huída. Como la pareja del evangelio de este domingo, de la que se discute si serían amigos o mejor un matrimonio; pero está claro que huían.”Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción” (Salmo 15). Huída de la muerte y de la corrupción de que habla san Pedro en la lectura de Hechos de los Apóstoles: Corrupción de valores, de costumbres, de los vicios, de la política. Del cuerpo, en resumen, que es cada uno/a en su circunstancia concreta… Un echarse hacia delante, a veces sin pensar, y que puede llegar al paroxismo de tirarse del puente con el propio hijito… Como fue el caso extremo de un amigo, del que me acabo de enterar, y que todavía me tiene engranojado.

Es lo que deduzco de las conversaciones con quienes me cruzo en mi caminar por Santo Domingo: ¿Cómo están y qué les preocupa? Percibo el desencanto de “nosotros esperábamos que él fuera el liberador…” “Algunos exaltados oyeron voces o tuvieron visiones; cosa de mujeres, pero nada…” “Nosotros trancamos puertas y ventanas”. “Yo estoy aislado, fuera de los grupos”…

¡Qué necios somos!, ¿es que no reconocemos los signos del Viviente? ¿No entendemos que necesitamos pasar esta crisis para purificar el aire que huele a cementerio? ¿Que tenemos que sufrir mucho para engendrar al hombre nuevo y no caer en los errores viejos? Huimos de la lectura y su comentario masticado de la Palabra de Dios, cuando ella es luz para el camino incierto. “¿No hemos experimentado que ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”

Desertamos de las asambleas donde se reúnen los discípulos, cuando los primeros cristianos decían a sus verdugos: “Nosotros no podemos vivir sin celebrar la eucaristía de domingo”. Él nos dijo que está presente en quienes caminan con nosotros, que lo reconoceremos en sus llagas transfiguradas, en el gesto característico de la gente que comparte de su pobreza. Ya conocemos su ritual: “Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Ellos lo reconocieron al partir el pan”.

Amigos y amigas, ¿por qué no volvemos a los orígenes, a la fórmula sencilla de que nos habla el evangelio de hoy? En tiempos tan duros como los nuestros, ¿vamos de huída o vamos de vuelta? Camino de Emaús o regreso a Jerusalén, donde se reúnen los que dan testimonio del Viviente. En la respuesta que demos nos jugamos encontrar “el sendero de la vida” o el laberinto que conduce a la muerte.

martes, 3 de mayo de 2011

Palabras de agradecimiento del nuevo sacerdote Isaías



(El 1 de mayo acompañamos en Fantino, en representación del Consejo General, la ordenación del nuevo sacerdote Isaías Mata. Isaías entró en el aspirantado de los Misioneros cuando todavía era un niño. Se puede decir, en verdad, que ha crecido entre nosotros, a caballo entre Dominicana y Argentina. Isaías es un surtidor de agua en medio de la larga sequía, pues son muchos los años en que no se ordenaba ningún caribeño. El pueblo lo acompañó y celebró codo con codo. Los jóvenes quisieron anunciar su gozo en una misión que recorrió los campos de Fantino. Reproducimos aquí algunas de sus palabras de agradecimiento, que suscitaron más de una lágrima)
Les invito a que con el Apóstol Pedro digamos “bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos concede la gracia de vivir éste acontecimiento eclesial, para hacernos renacer de nuevo para una esperanza viva”.

Gracias, Mons. Antonio Camilo, por aceptar presidir en nombre de Cristo esta celebración. Gracias por su cercanía y colaboración a nuestra Congregación de Misioneros de los Sagrados Corazones.

Gracias especiales a quienes desde lo oculto hicieron posible que podamos estar hoy aquí. Gracias a mi familia por cuidar, valorar y respetar la vida que desde su infinita bondad nuestro Padre Dios nos regala. En especial gracias a mi padre y mi madre por su educación con el testimonio de vida. Me enorgullece haber escuchado en una ocasión de una persona decir: “para mi, Fabio Mata es mi obispo, sacerdote, diácono, ministro… porque cuando cualquier persona lo necesita, ahí está”. Mas sin embargo, es sólo un presidente de asamblea, no es diácono, ni sacerdote y mucho menos obispo, pero lo que sí confirmo es que en el seno de mi familia he vivido una profunda experiencia de Iglesia-familia, comunidad de hermanos que, como en la primitiva comunidad, hemos sido constantes en la escucha de la Palabra, vida común, fracción del pan, oraciones. Vivimos unidos con todo en común. De mis familiares recuerdo hoy a mis abuelitas que en este momento están compartiendo la vida del cielo con Jesús. A mi Mamita, que hicimos el trato que me esperaría de mi regreso de Argentina, sé que me escucha, le digo que me siga esperando, pues algún día estaremos compartiendo con Jesús en el cielo.

Gracias a mis hermanos de Congregación. Somos Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Hoy está presente el P. Jaime Reynés, uno de los que animan toda la Congregación, quien entregó muchos años de su vida a servir en nuestro país. Gracias al P. Julio César y él que me han acompañado en los días de retiro previo a ésta celebración. Gracias a todos lo que me han acompañado en mi proceso de formación, y todos con los que he convivido a lo largo de estos años. No puedo dejar de agradecer mi experiencia en Argentina. Doy gracias a Dios por el cuidado y cariño de los hermanos de la congregación que me acompañaron allá, por las personas y espacios con quienes compartí. Fue una experiencia que dejó profundas marcas en mi vida, de las que siempre estaré agradecido. Sobre todo en el Asentamiento 22 de Enero, pude percibir las huellas del paso de Dios en mi vida, su ternura y cercanía.
Cómo no recordar y agradecer al querido P. Andrés Amengual. Con él terminé de conocer las comunidades de esta parroquia que no conocía. Fue mi confesor y acompañante espiritual. Siempre recuerdo su celo y preocupación por las vocaciones. Me he sentido y me siento acompañado por él, ya saben ustedes que les encargó que rezaran mucho por mí y las vocaciones. Pidamos por su intercesión a Dios que suscite vocaciones a la Iglesia y a nuestra Congregación.

No puedo dejar de agradecer a las y los jóvenes que desde el viernes han estado realizando una misión juvenil por casi todas las comunidades de esta parroquia con motivo de mi ordenación. Son la buena noticia de la resurrección que ha llegado a cada casa que han visitado, un testimonio vivo de que otro mundo es posible. Gracias de verdad por su disponibilidad y entrega.

Que todo ello nos ayude a ser una Iglesia servidora del Señor, Samaritana y cordial, donde vivamos el discipulado de iguales. Termino pidiendo al Dios de la vida, que me dé entrañas de misericordia y ternura ante toda miseria humana, que me inspire el gesto y la palabra oportuna frente a la hermana y hermano solo y desamparado, que me ayude a mostrarme disponible ante quien se sienta explotado y deprimido. Para así colaborar a que nuestra Iglesia sea una comunidad de hermanas y hermanos donde vivamos la verdad, el amor, la libertad, la justicia y la paz en fraternidad, para que todos y todas encontremos en ella un motivo para seguirte esperando.