miércoles, 10 de marzo de 2010

El evangelio del hijo pródigo (1)


Cae una fuerte nevada, en un marzo irregular que todavía no anuncia la primavera. Quedamos aislados por unas horas en el Santuario, sin personal de servicio ni comunixaciones ni periódicos. Lamento que tengamos que suprimir la lectura comunitaria del evangelio con los grupos bíblicos del Arciprestazgo. Precisamente este cuarto domingo del hijo pródigo, que ayer preparé durante toda la tarde. Les enviaré la conexión con este blog para que no dejemos de comunicarnos a través de la red..

Repaso mi comentario de cabecera: El magnífico comentario de F. Bovon, El evangelio según San Lucas III. (Sígueme. Salamanca, 2004, pag. 54-88). Me detengo especialmente en la historia de la interpretación, nuevo método desconocido para la mayoría, y tan iluminador para quienes buscan una lectura sabrosa de la Palabra.

Tres tipos de exégesis clásica

La interpretación ética (que también podría denominarse soteriológica), en donde el hijo menor representa al género humano, alejado por el pecado (Ireneo, Cirilo de Alejandría, Jerónimo…). Tiene la ventaja de ser inclusiva, pero durante mucho tiempo no ha sabido qué hacer con el hijo mayor.

La interpretación étnica: Identifica a los gentiles con el hijo menor, que corre tras la idolatría, y al pueblo de Israel, con el mayor resentido al perder su privilegio (Ireneo, Tertuliano..). ¿Qué significarán las protestas de obediencia del primogénito? Para unos, mentira farisea; para otros, profesión de monoteísmo que necesita llegar al evangelio.

Cercana a estas dos, la interpretación sacramental: Los bienes paternos significan la investidura bautismal (perdida por el pecado, recobrada en la penitencia). El ala intransigente del cristianismo antiguo es más puritana y excluyente que misericordiosa y ecuménica (Ambrosio, Agustín…).

San Buenaventura, en la tradición agustiniana, insiste en que nadie regresa al Padre si no es atraído por él (Jn 14,6; 6,44). Es capital el protagonismo del Padre por la triple gracia: Previniente (el padre que ve a lo lejos), concomitante (el padre que se arroja al cuello) y subsecuente (que cubre al hijo de besos).

Ya podemos imaginar que la lectura de la Reforma se centró en esta línea. Como lo expresó Erasmo: “El hijo no vuelve sin que el padre se haya introducido primero en la memoria de su hijo, reducido a una necesidad extrema”. O como subraya Calvino que divide la parábola en dos partes: La primera trata del largo alcance de la misericordia divina, y la segunda, de la perversidad de los que murmuran contra ella y sólo juzgan por el rendimiento de las obras. Todo es gracia.

Matar al padre

“Desde el final del siglo XVII la interpretación de la parábola está ligada a la historia de las ideas, a las pretensiones del Siglo de las luces, a la evolución de la historia de la familia y a los golpes propinados a la imagen de un Dios paternalista”.

Por ejemplo en Los bandidos (1781) de Schiller, que era hijo de un pastor protestante. Kart, el hijo perdido, escribe a su padre pidiéndole perdón. Franz, el mayor envidioso, intercepta la carta y responde con una maldición. Karl, furioso, se lanza a la delincuencia (como el protagonista de El condenado por desconfiado, de Calderón). Franz engaña a su padre diciéndole que su hijo ha muerto y lo encierra en una torre. Aquí llegará un día el hijo menor, su padre lo perdonará, pero morirá fulminado al conocer que es un bandido. Kart acaba suicidándose. La fe y la esperanza están ausentes del relato, los dos hijos mataron al padre. Una generación que no busca convertirse ("vivir según la parábola"), sino "matar al padre para hacerse adulto" (o sea, “salir de la parábola”, K. Weimar).

La fuerza de cortar el cordón umbilical

A principio del siglo pasado, André Gide (en “El retorno del hijo pródigo”, 1907) “imagina un tercer hijo: cuando se ha completado el círculo y el hijo pródigo vuelve a casa resignado, reanuda el contacto con la familia y descubre que tiene un hermano menor, nacido tras su partida, que manifestará también su intención de marcharse de casa. Entonces, el hijo pródigo, que ha abandonado la mansión no para gozar de la vida sino para encontrarse a sí mismo, le exhorta a llevar a cabo su propósito hasta el final: “Vamos, abrázame, querido hermanito; te llevas todas mis esperanzas. Sé fuerte, olvídanos; olvídame. ¡Ojalá tengas fuerzas para no volver!”,

No hay salvación en casa. Mucho menos en la Iglesia. Hay que tener el valor de cortar con Dios y con la familia para salir al mundo, crecer, hacerse verdaderamente adulto.


¿Qué clase de lectura hacemos de la parábola del evangelio? ¿Llega a ser Evangelio para nosotros, una Buena Noticia de salvación en nuestro camino de fe? ¿Somos conscientes de convivir con otros/as que ven la religión desde una perspectiva castradora y alienante? En otros posts aportaré elementos para la lectura desde la fe en la actualidad (Ch. Peguy, H. Nowen...) ¡Que tengan buen domingo!


Adjunto un video: Jesús de Nazaret (Zefirelli) cuenta la parábola aplicada a nosotros, sus discípulos, para superar el enfrentamiento entre el puritano Pedro y Mateo, el publicano.


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